¡CONSTITUYENTE PARA LA PAZ Y LA LEGITIMIDAD!

 

 

Por Morgan Jiménez Bula

La crisis global generada por la pandemia del Covid-19 desnudó ante el mundo la perversidad del modelo socio-económico imperante para servir a los intereses del orden dominante y garantizar su statu quo y su perpetuidad.
Es evidente que le apostó a la catástrofe mundial de cientos de miles de vidas humanas, más que las muertes que cobraron las guerras provocadas con el mismo propósito Maltusiano de reducir a la población para darle tiempo a su fatigado modelo político.

Por la fuerza de la velocidad del contagio debieron levantarse como barricadas las fronteras de los Estados-Naciones, reducirse la globalidad, especialmente en los mercados de capital, los cuales devinieron en acciones especulativas de empresas de fachadas que sobreviven de su good will y de los recursos de sus Estados bajo la promesa mendaz de la conservación del empleo y la productividad, validada sólo por la corrupción y el enriquecimiento ilícito o incausado, en otras tantas veces.

Las Constituciones Políticas que a fuerza de retazos, como en Colombia, endurecieron un régimen presidencialista que terminó por erigir al presidente en una especie de monarca, convertido en reyezuelo, ya no tienen vigencia histórica ni política.
Fundamentadas en modelos económicos de extracción de minerales, de su participación o sus regalías y en cargas impositivas a la sociedad,cada vez más gravosas, con exenciones para las empresas multinacionales y algunas Nacionales de sus intereses, cada vez más generosas; demuestran que no tienen cómo responder a las necesidades de supervivencia, de salud, de educación y de productividad que reclaman el Estado-Nación en la actual crísis.

El régimen político enredado en la maraña de la mentira ideológica, la demagogia política, el sojuzgamiento económico y sus inmoralidades públicas, propiciada por sus alianzas con sectores de las mafias del narcotráfico y de los carteles de la corrupción administrativa, interesados en la violencia política y la delincuencia común, que los conduce a fraudes electorales y a hacer añicos los acuerdos de paz, no tiene ya salida legítima qué ofrecer.

Usa las figuras de los Estados de Emergencia para sofocar la protesta social, para reprimir a la oposición legítima, para sacar ventajas de negociados y peculados, mientras camina el peligroso sendero de la vileza, de volver las armas contra su propio pueblo, camino de la dictadura civil.
Sólo falta que termine aplazando elecciones en nombre de la salubridad pública y prorrogando automáticamente períodos en nombre de la democracia para sepultar sus restos insepultos.

La agonía de lo que queda de esta democracia es comparable con la del pueblo que enfrenta al Covid, el hambre y la necesidad de la productividad; o nos acostumbramos a la violencia y a la corrupción o proclamamos la Constiuyente para la paz y la legitimidad.

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